Pues hoy me he mirado a los ojos con el deseo y una vez más caigo en el lamento del después. De la melancolía maldita y el amor incondicional, del predicador pero nunca del aplicador, pues hoy, mañana; la clave, no escucharán más el último suspiro de aquel lamento sin efecto.
Y no me pidas que no vea en tus miradas tus mentiras, de los pensamientos sin una justificación ni reacción ante el prejuicio permanente de mis malas decisiones.
Los conocimientos y las lágrimas quedarán para después. Por ahora, mientras respiro profundamente mis finales sueños, te miro, te espero, te muero.
Por mi dignidad digo entre nudos y mis celos que dignamente te quiero.
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