Al mirar el abismo lanzaremos la piedra. Y es en otro lado que se revientan y explotan las luces que encandilan a los que terminaron de ver, pues una y otra vez el idiota seguía por los mismo caminos.
Sé fuerte, sé duro, sé roble. Se repetía en las ocaciones que alcanzaba a oír los sonidos que le envolvían, como un suspiro de desahogo que dejaba su rastro al lado de la cicatriz. Aquella herida de combates, de aprendizajes y de sueños que resbalaban en el trampolín de lagrimas que dejaron atrás.
Nadie podía ver lo que quedaba, o quizás nadie quería dejar lo que opacaba. Y era tan afortunado, tan fuerte y tan orgulloso que nunca tuvo la oportunidad de agradecer, de sonreír y de correr. Lejos, libre y en paz. Con tu recuerdo en antiguos testamentos que firmaron con deseo las líneas de tus luceros. O el corazón de melón y quizás la sonrisa de la dureza no dureza o transigencia intransigente.
Pero el idiota seguía en aquellos caminos. Esos ya recorridos buscando plumas en el olvido, o pelusas de vidrio o cegar con el brillo.
La verdad eterna es la impaciencia, la falta de tiempo en el infinito y finalmente pecar en lo prohibido. Desear en lo onírico y soñar en el paralelo, donde la búsqueda se vuelve flotante y la cicatriz es el calmante, para recordar que el idiota ya se ha visto donde lo han visto.
Mientras los ideales, los pensamientos, los sentimientos y los deseos sean reales... ese sol seguirá brillando y lamentablemente el idiota, seguirá encandilado.
Sé fuerte, sé duro, sé roble. Se repetía en las ocaciones que alcanzaba a oír los sonidos que le envolvían, como un suspiro de desahogo que dejaba su rastro al lado de la cicatriz. Aquella herida de combates, de aprendizajes y de sueños que resbalaban en el trampolín de lagrimas que dejaron atrás.
Nadie podía ver lo que quedaba, o quizás nadie quería dejar lo que opacaba. Y era tan afortunado, tan fuerte y tan orgulloso que nunca tuvo la oportunidad de agradecer, de sonreír y de correr. Lejos, libre y en paz. Con tu recuerdo en antiguos testamentos que firmaron con deseo las líneas de tus luceros. O el corazón de melón y quizás la sonrisa de la dureza no dureza o transigencia intransigente.
Pero el idiota seguía en aquellos caminos. Esos ya recorridos buscando plumas en el olvido, o pelusas de vidrio o cegar con el brillo.
La verdad eterna es la impaciencia, la falta de tiempo en el infinito y finalmente pecar en lo prohibido. Desear en lo onírico y soñar en el paralelo, donde la búsqueda se vuelve flotante y la cicatriz es el calmante, para recordar que el idiota ya se ha visto donde lo han visto.
Mientras los ideales, los pensamientos, los sentimientos y los deseos sean reales... ese sol seguirá brillando y lamentablemente el idiota, seguirá encandilado.
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